4 agosto, 2026
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Cómo los hongos conectan los ecosistemas bajo nuestros pies

 

Bajo un bosque, una pradera o incluso un jardín ocurre una actividad que casi nunca vemos. Raíces, hongos, bacterias y pequeños organismos intercambian nutrientes, transforman la materia y sostienen relaciones de las que depende buena parte de la vida terrestre.

Los hongos ocupan un lugar central en esa red. No son solamente organismos que aparecen después de la lluvia ni simples descomponedores de hojas y madera. Sus filamentos microscópicos recorren el suelo, se asocian con las plantas y conectan espacios que, desde la superficie, parecen separados.

El ecosistema visible comienza mucho antes de llegar a nuestros ojos.

Una vida hecha de filamentos

La parte más conocida de un hongo suele ser su cuerpo fructífero: la estructura que emerge del suelo y que comúnmente llamamos seta. Sin embargo, esa es apenas una fracción del organismo.

La mayor parte permanece oculta en forma de micelio, una red de filamentos llamados hifas que crece entre partículas de suelo, restos orgánicos y raíces. Esta estructura puede extenderse a grandes distancias en relación con su tamaño microscópico.

El micelio permite que el hongo explore el entorno, absorba nutrientes y establezca contacto con otros organismos. Su forma no es accidental. Una red fina y ramificada puede alcanzar espacios inaccesibles para las raíces.

Lo que parece disperso en la superficie puede estar unido bajo tierra.

La alianza con las plantas

Muchos hongos forman asociaciones con las raíces conocidas como micorrizas. En esta relación, el hongo ayuda a la planta a obtener agua y minerales, especialmente fósforo y nitrógeno, mientras recibe compuestos ricos en carbono producidos mediante la fotosíntesis.

La planta aporta energía. El hongo amplía su capacidad de explorar el suelo.

Esta cooperación puede mejorar el crecimiento y la resistencia de las plantas en ambientes donde los nutrientes son escasos. No se trata de una ayuda desinteresada, sino de un intercambio biológico en el que ambas partes obtienen ventajas.

La estabilidad de un bosque puede depender de acuerdos que ningún ojo humano puede observar directamente.

Redes entre raíces

Cuando un mismo hongo se asocia con varias plantas, sus filamentos pueden crear conexiones físicas entre raíces distintas. A través de esas redes pueden circular nutrientes y señales químicas, aunque el funcionamiento real es más complejo que la idea popular de un “internet del bosque”.

No todas las plantas participan de la misma manera ni todos los intercambios son equilibrados. La dirección de los nutrientes depende de factores como la especie, la disponibilidad de recursos, la edad de las plantas y las condiciones ambientales.

Estas redes no convierten al bosque en una comunidad perfectamente cooperativa. También existen competencia, aprovechamiento y relaciones cambiantes.

La conexión no elimina el conflicto. Lo organiza dentro de un sistema compartido.

Los grandes recicladores

Los hongos también cumplen una función decisiva como descomponedores. Muchas especies producen enzimas capaces de degradar sustancias complejas presentes en hojas, troncos y restos de organismos.

Al descomponer esa materia, liberan nutrientes que vuelven al suelo y pueden ser utilizados por otras formas de vida. Sin este proceso, enormes cantidades de materia orgánica se acumularían y los elementos esenciales quedarían atrapados.

Los hongos no hacen desaparecer lo muerto. Lo transforman en materia disponible para nuevos ciclos.

En un ecosistema, la descomposición no representa el final de la vida, sino una de sus formas de continuidad.

Arquitectos del suelo

El crecimiento del micelio también modifica la estructura física del suelo. Sus filamentos ayudan a unir partículas, favorecen la formación de agregados y pueden contribuir a retener agua.

Esto influye en la aireación, la infiltración y la estabilidad del terreno. Un suelo sano no es solo una mezcla de minerales y restos orgánicos. Es una arquitectura construida por incontables organismos.

Cuando esa red se deteriora por erosión, contaminación, compactación o pérdida de vegetación, el problema no consiste únicamente en que desaparezcan algunas especies. También se altera la capacidad del suelo para sostener nuevos ciclos biológicos.

La fragilidad de un ecosistema suele comenzar en estructuras que nadie ve.

Una red sin centro

Las redes de hongos han despertado fascinación porque parecen ofrecer una imagen de cooperación generalizada. Sin embargo, la realidad ecológica es menos simple y más interesante.

Los hongos no actúan como administradores conscientes del bosque. Responden a presiones evolutivas, intercambian recursos y establecen relaciones que pueden cambiar según el entorno. Algunos benefician a sus plantas asociadas; otros compiten, parasitan o alteran el equilibrio local.

La red no tiene un centro ni un propósito único. Surge de miles de interacciones simultáneas.

Comprenderla exige abandonar la idea de que la naturaleza funciona como una máquina perfectamente ordenada.

Lectura de fondo

El mundo que sostiene al mundo

Los hongos muestran que un ecosistema no se define solo por los organismos que podemos distinguir. También está formado por conexiones, intercambios y procesos invisibles.

Un árbol no depende únicamente de sus raíces. Depende de organismos que amplían su alcance, reciclan la materia y modifican el suelo que lo sostiene. De la misma manera, un bosque no es una simple colección de individuos, sino una trama de relaciones que cambia constantemente.

Mirar hacia el suelo transforma la escala desde la que entendemos la naturaleza. Bajo nuestros pasos no hay un espacio vacío, sino un mundo activo que conecta la vida visible con aquello que la hace posible.