Imagen – La Ciudad Invisible Bajo Nuestros Pies
Una ciudad puede sobrevivir sin monumentos.
Difícilmente puede hacerlo durante mucho tiempo sin alguna manera de retirar el agua y los desechos.
Cuando miles de personas comenzaron a vivir concentradas en espacios relativamente pequeños, apareció un problema que las aldeas dispersas podían enfrentar de otra manera: cada día llegaba agua, se preparaban alimentos, llovía, se acumulaban residuos y los habitantes producían desechos que tenían que terminar en algún lugar.
Si permanecían cerca de las viviendas y de las fuentes de agua, las consecuencias podían ser graves.
Por eso, debajo de muchas ciudades existe otra ciudad que casi nunca vemos.
Túneles, conductos, alcantarillas, colectores y canales forman una infraestructura construida durante siglos para hacer posible algo aparentemente sencillo: que aquello que debe salir de una ciudad pueda hacerlo.
La historia urbana también se escribió bajo tierra.
El problema apareció cuando las personas comenzaron a concentrarse
Los asentamientos humanos antiguos necesitaban resolver dos cuestiones estrechamente relacionadas.
Conseguir agua y deshacerse del exceso.
Mientras una comunidad era pequeña, algunas necesidades podían atenderse mediante pozos, canales abiertos, fosas o simplemente aprovechando la distancia entre viviendas.
Pero conforme aumentaba la densidad de población, la acumulación se convertía en un problema mayor.
El agua de lluvia podía inundar calles y viviendas.
Los residuos humanos podían contaminar fuentes utilizadas para beber.
Los desechos orgánicos atraían animales y favorecían condiciones insalubres.
La ciudad concentraba personas.
También concentraba sus residuos.
Algunas ciudades antiguas ya construían drenajes complejos
La idea de conducir agua fuera de los espacios habitados es extraordinariamente antigua.
En asentamientos de la civilización del valle del Indo, como Mohenjo-daro, existieron sistemas de drenaje urbano hace más de cuatro mil años.
Numerosas viviendas contaban con espacios relacionados con el uso del agua y conductos que desembocaban en drenajes construidos a lo largo de las calles.
Algunos estaban cubiertos y podían ser inspeccionados o limpiados.
Esto revela algo importante.
El drenaje no era únicamente una solución doméstica.
Existía una infraestructura compartida.
Para que funcionara, distintas partes de la ciudad tenían que conectarse.
La higiene urbana comenzaba a convertirse en un problema colectivo.
Roma convirtió las cloacas en infraestructura monumental
Las ciudades romanas desarrollaron diferentes sistemas para manejar agua y residuos.
Uno de los ejemplos más conocidos es la Cloaca Máxima de Roma, cuya historia comenzó como parte de las obras destinadas a drenar zonas bajas y húmedas de la ciudad y que posteriormente quedó integrada en una red más compleja.
Con el crecimiento urbano, diferentes conductos ayudaron a transportar aguas hacia el río Tíber.
Los romanos también construyeron acueductos, fuentes, baños y letrinas.
Sin embargo, imaginar Roma como una ciudad equipada con un sistema de saneamiento moderno sería incorrecto.
Las condiciones variaban enormemente y buena parte de la población todavía convivía con residuos y problemas sanitarios que las infraestructuras existentes no podían eliminar completamente.
Había ingeniería avanzada.
Pero todavía faltaba comprender una parte fundamental del problema.
Durante siglos no se entendió cómo se propagaban muchas enfermedades
Eliminar malos olores y retirar desechos parecía conveniente mucho antes de comprender la microbiología.
Durante extensos periodos históricos, en Europa y otras regiones se utilizaron explicaciones sobre la enfermedad que hoy sabemos incompletas o incorrectas.
Una de las más influyentes sostenía que ciertos padecimientos podían surgir de aires corrompidos o miasmas asociados con materia en descomposición.
La teoría microbiana de la enfermedad todavía no estaba establecida.
Esto produjo una paradoja histórica.
Algunas medidas destinadas a eliminar olores podían mejorar ciertas condiciones urbanas, aunque las razones propuestas para explicar sus beneficios fueran equivocadas.
Las ciudades podían construir soluciones útiles sin comprender todavía todos los mecanismos biológicos involucrados.
La ciudad industrial llevó el problema a otra escala
Durante los siglos XVIII y XIX, numerosas ciudades crecieron con enorme rapidez.
La industrialización atrajo grandes poblaciones hacia centros urbanos donde viviendas, fábricas y actividades comerciales se concentraban en espacios cada vez más densos.
Pero la infraestructura no siempre creció al mismo ritmo.
Pozos negros, letrinas y sistemas improvisados convivían con fuentes de agua utilizadas por la población.
En algunos lugares, ríos y canales se convirtieron en receptores de enormes cantidades de residuos.
El problema dejó de ser simplemente desagradable.
Se volvió una amenaza sanitaria de escala urbana.
Las ciudades modernas estaban descubriendo que podían crecer más rápido que los sistemas necesarios para mantenerlas funcionando.
El cólera reveló conexiones que no podían verse
Durante el siglo XIX, epidemias de cólera golpearon repetidamente diferentes ciudades.
En Londres, el médico John Snow investigó un brote ocurrido en 1854 en el área de Soho.
Al analizar la distribución de las muertes y estudiar las fuentes de agua utilizadas por los habitantes, encontró una fuerte relación con una bomba pública situada en Broad Street.
Su investigación se convertiría posteriormente en uno de los episodios más conocidos de la historia de la epidemiología.
Snow defendía que el cólera podía transmitirse mediante agua contaminada, en una época en la que las explicaciones basadas en miasmas todavía tenían gran influencia.
La ciudad comenzaba a ser observada de otra manera.
Una enfermedad podía seguir la misma infraestructura que utilizaban sus habitantes.
El mapa urbano también podía ser un mapa epidemiológico.
Un río convertido en alcantarilla
Pocos años después, Londres enfrentó otro episodio decisivo.
Durante el verano de 1858, el río Támesis estaba tan contaminado por residuos que el olor se volvió insoportable en diferentes partes de la ciudad.
El episodio sería recordado como el Gran Hedor.
La presión política contribuyó a acelerar la construcción de un sistema de alcantarillado de gran escala dirigido por el ingeniero Joseph Bazalgette.
En lugar de permitir que numerosos drenajes descargaran residuos directamente en la zona central del río, grandes colectores interceptaban los flujos y los transportaban río abajo.
La obra transformó la infraestructura de Londres.
Pero su importancia no estuvo solamente bajo tierra.
También mostró que el saneamiento de una gran ciudad requería planificación a escala metropolitana.
El drenaje moderno necesitó ciudades enteras conectadas
Una alcantarilla aislada resuelve poco.
Los sistemas modernos funcionan mediante redes.
Conductos pequeños recogen flujos de viviendas y edificios. Estos desembocan en tuberías mayores. Después aparecen colectores capaces de transportar enormes volúmenes hacia puntos de descarga o tratamiento.
La gravedad realiza gran parte del trabajo cuando el terreno lo permite.
Por eso las pendientes son fundamentales.
Cuando la topografía no ayuda, pueden necesitarse estaciones de bombeo.
La red debe además ser capaz de soportar variaciones considerables.
Una ciudad no produce exactamente la misma cantidad de aguas residuales a todas horas.
Y cuando llueve, el volumen de agua que necesita desplazarse puede aumentar de manera extraordinaria.
El drenaje es una infraestructura diseñada para manejar flujos que nunca permanecen constantes.
El agua de lluvia planteó otro problema
No todo lo que circula por un drenaje procede de baños, cocinas o actividades industriales.
Las ciudades también reciben lluvia.
En un terreno natural, parte del agua puede infiltrarse en el suelo.
Pero las ciudades modernas cubren enormes superficies con edificios, calles, banquetas y estacionamientos.
El agua encuentra menos lugares donde infiltrarse.
Entonces corre.
Por eso las redes de drenaje pluvial se volvieron esenciales para reducir inundaciones y retirar rápidamente grandes cantidades de agua.
En algunas ciudades, las aguas residuales y las pluviales circulan por sistemas separados.
En otras existen redes combinadas.
Estas últimas pueden enfrentar dificultades durante lluvias intensas, cuando el volumen supera la capacidad disponible.
La misma superficie pavimentada que facilita la vida urbana también modifica el comportamiento del agua.
México enfrentó un problema especialmente complejo
La historia de la Ciudad de México muestra de manera extraordinaria cómo el drenaje puede estar relacionado con la geografía completa de una ciudad.
Tenochtitlan fue construida en un entorno lacustre donde el manejo del agua formaba parte esencial de la vida urbana.
Calzadas, canales, diques y otras obras permitían convivir con un sistema de lagos.
Después de la conquista española comenzó una transformación progresiva de esa relación.
Durante siglos se emprendieron grandes proyectos destinados a desaguar la cuenca y reducir las inundaciones.
El objetivo modificó profundamente el paisaje.
Una ciudad que originalmente había aprendido a vivir entre lagos terminó desarrollando enormes infraestructuras para expulsar agua de una cuenca que naturalmente tenía dificultades para hacerlo.
Drenar la cuenca produjo nuevas dificultades
La expansión urbana de la Ciudad de México durante los siglos XIX y XX hizo cada vez más complejo el problema.
La extracción de agua subterránea contribuyó al hundimiento del terreno en distintas zonas.
Esto tiene consecuencias directas para el drenaje.
Un sistema diseñado para funcionar aprovechando pendientes puede perder eficiencia cuando el suelo cambia de nivel.
La ciudad necesitó entonces desarrollar nuevas obras de desagüe, bombeo y conducción.
Grandes infraestructuras construidas en diferentes periodos intentaron responder a una paradoja persistente.
La misma metrópoli puede enfrentar simultáneamente escasez de agua e inundaciones.
Tener demasiada agua en el lugar equivocado no significa disponer de suficiente agua utilizable.
El alcantarillado no resolvió todo
Durante las primeras etapas del saneamiento moderno, retirar las aguas residuales de las zonas habitadas representaba un enorme avance.
Pero aparecía inmediatamente otra pregunta.
¿A dónde enviarlas?
Descargar los residuos sin tratamiento en ríos, lagos o mares simplemente trasladaba el problema.
Por eso durante los siglos XIX y XX comenzaron a desarrollarse y expandirse sistemas de tratamiento de aguas residuales.
Procesos físicos, biológicos y posteriormente químicos permiten retirar diferentes contaminantes antes de devolver el agua al ambiente o destinarla a ciertos usos.
El objetivo dejó de ser solamente sacar los residuos de la ciudad.
También había que transformar aquello que salía.
La infraestructura que funciona tiende a desaparecer de nuestra atención
Abrimos una llave y esperamos que llegue agua.
Utilizamos un sanitario y esperamos que los residuos desaparezcan.
Caminamos bajo la lluvia y asumimos que las calles deberían poder evacuarla.
Gran parte de la vida urbana moderna depende de esa expectativa.
Pero debajo existe una infraestructura que requiere mantenimiento constante.
Tuberías envejecen.
Sedimentos se acumulan.
Bombas necesitan energía.
Las lluvias pueden superar capacidades diseñadas décadas atrás.
Las ciudades crecen sobre redes construidas para poblaciones diferentes.
El drenaje nunca está definitivamente terminado.
Tiene que evolucionar junto con la ciudad.
El cambio climático introduce otra presión
Muchas redes urbanas fueron diseñadas utilizando registros históricos de lluvia.
Pero las condiciones futuras no necesariamente reproducirán las del pasado.
En distintas regiones, el cambio climático puede modificar la intensidad y distribución de las precipitaciones, aumentando ciertos riesgos de inundaciones extremas.
Al mismo tiempo, la expansión urbana continúa aumentando superficies impermeables.
Esto está llevando a reconsiderar una idea que dominó durante mucho tiempo la ingeniería urbana: retirar el agua lo más rápidamente posible.
Algunas estrategias contemporáneas buscan también retenerla temporalmente, favorecer su infiltración y recuperar espacios capaces de absorber parte de las precipitaciones.
Parques inundables, pavimentos permeables, jardines de lluvia y otras soluciones intentan devolver a la ciudad algunas funciones que el suelo natural realizaba antes de quedar cubierto.
La historia del drenaje podría estar entrando en otra etapa.
Lectura de fondo
La ciudad que existe debajo de la ciudad
Las grandes obras urbanas suelen buscar visibilidad.
Torres, monumentos, avenidas y puentes transforman el horizonte y terminan representando épocas enteras.
El drenaje funciona de manera opuesta.
Cuanto mejor cumple su función, menos pensamos en él.
Su éxito consiste en hacer desaparecer algo.
Agua acumulada, residuos y contaminación son transportados fuera de nuestra experiencia cotidiana mediante redes que permanecen enterradas.
Pero esa invisibilidad puede hacernos olvidar hasta qué punto las ciudades dependen de ellas.
La historia del drenaje revela que construir una ciudad nunca ha consistido solamente en levantar edificios. También ha significado administrar flujos: hacer llegar agua limpia, retirar agua contaminada y encontrar una salida para la lluvia.
Cada expansión urbana aumenta esa tarea.
Cada calle pavimentada modifica la manera en que circula el agua.
Cada edificio conectado a una red añade una pequeña corriente a un sistema colectivo.
Por eso debajo de una ciudad existe otra geografía.
No tiene plazas ni fachadas.
Tiene pendientes, tuberías, colectores, bombas y túneles.
La mayoría de nosotros rara vez la observa.
Sin embargo, buena parte de aquello que llamamos vida urbana moderna solo es posible porque, bajo nuestros pies, esa ciudad invisible continúa funcionando.

