24 septiembre, 2026
Lo Nuevo México y el Mundo

La historia de los cables eléctricos que iluminaron las ciudades

Imagen – La Segunda Ciudad Hecha De Cables

 

Antes de que las ciudades pudieran iluminar miles de calles y edificios con electricidad, fue necesario resolver un problema menos espectacular que inventar una bombilla: llevar la energía hasta donde hacía falta.

Las primeras centrales eléctricas tenían un alcance limitado. La electricidad debía viajar por conductores, atravesar calles, entrar en fábricas y edificios y llegar finalmente hasta cada lámpara.

Eso exigió construir una infraestructura completamente nueva.

Postes, cables, aisladores, transformadores, estaciones y redes comenzaron a extenderse sobre las ciudades. Con ellos apareció un paisaje que hoy resulta tan cotidiano que casi ha dejado de llamar nuestra atención.

La electrificación no consistió únicamente en producir electricidad.

También hubo que aprender a transportarla.

La ciudad nocturna ya existía antes de la electricidad

Las ciudades no esperaron a la electricidad para combatir la oscuridad.

Durante siglos se utilizaron velas, lámparas de aceite y otros sistemas de iluminación. En el siglo XIX, el alumbrado mediante gas se extendió por numerosas ciudades.

Las calles iluminadas permitían prolongar ciertas actividades después del anochecer y modificaban la experiencia urbana.

Pero mantener aquellas redes implicaba producir y distribuir combustible.

La electricidad ofrecía otra posibilidad.

En lugar de transportar continuamente una sustancia combustible hasta cada punto de iluminación, podía generarse energía en una central y distribuirse mediante conductores.

El cable comenzó a competir con la tubería.

Los primeros sistemas eléctricos tenían un problema de distancia

A finales del siglo XIX comenzaron a instalarse sistemas comerciales de iluminación eléctrica.

Uno de los más conocidos fue la central de Pearl Street, inaugurada por la compañía de Thomas Edison en Nueva York en 1882.

El sistema utilizaba corriente continua.

Funcionaba, pero tenía importantes limitaciones para distribuir energía a grandes distancias de manera eficiente con la tecnología disponible entonces.

La pérdida de energía en los conductores aumenta cuando deben transportar grandes corrientes.

Para abastecer territorios urbanos extensos, era necesario encontrar una forma más eficiente de transmitir potencia.

El futuro de la electricidad dependía tanto del cable como de la lámpara.

La corriente alterna permitió ampliar las redes

La expansión de la corriente alterna transformó el problema.

Su gran ventaja estaba relacionada con la posibilidad de utilizar transformadores para modificar fácilmente el voltaje.

La potencia eléctrica puede transmitirse a voltajes elevados utilizando corrientes menores para una misma cantidad de potencia.

Una corriente menor reduce las pérdidas producidas por el calentamiento de los conductores.

Después, cerca de los lugares de consumo, el voltaje puede reducirse nuevamente.

Esta arquitectura hizo posible separar cada vez más el lugar donde se producía la electricidad del lugar donde se utilizaba.

La central ya no necesitaba estar prácticamente al lado de cada conjunto de lámparas.

La red podía crecer.

La llamada guerra de las corrientes fue también una disputa sobre infraestructura

A finales del siglo XIX, diferentes empresas y figuras industriales defendieron sistemas eléctricos incompatibles o competidores.

La disputa entre corriente continua y corriente alterna suele resumirse mediante los nombres de Thomas Edison, George Westinghouse y Nikola Tesla.

Pero detrás de las personalidades existía una cuestión mucho mayor.

¿Qué clase de red eléctrica debía construirse?

No bastaba con demostrar que una lámpara podía encenderse.

Había que decidir cómo producir, transmitir, distribuir y cobrar la electricidad a gran escala.

La corriente alterna terminó imponiéndose ampliamente en los sistemas de transmisión y distribución.

La electricidad comenzaba a convertirse en red.

Los cables hicieron posible separar la energía de su origen

Una de las transformaciones más profundas de la electrificación fue espacial.

Una máquina de vapor necesitaba combustible relativamente cerca.

Una rueda hidráulica dependía directamente de una corriente de agua.

Una red eléctrica podía transportar energía desde una fuente distante hasta el lugar donde sería utilizada.

Esto permitió aprovechar grandes instalaciones generadoras alejadas de los centros urbanos.

Una ciudad podía consumir energía producida fuera de ella.

El cable modificó así la geografía de la energía.

El lugar donde se produce dejó de coincidir necesariamente con el lugar donde se consume.

Los postes cambiaron el paisaje urbano

Las primeras redes eléctricas tuvieron que encontrar espacio dentro de ciudades que no habían sido diseñadas para ellas.

Una solución evidente fue utilizar el aire.

Postes de madera comenzaron a sostener cables eléctricos y de comunicaciones.

En algunas ciudades de rápido crecimiento, las calles terminaron cubiertas por densas redes de conductores.

Electricidad, telégrafo y posteriormente teléfono competían por espacio sobre las banquetas y edificios.

La modernidad adquirió una apariencia particular.

Sobre las personas apareció una segunda ciudad hecha de líneas.

Cada cable representaba una conexión invisible entre lugares físicamente separados.

Llevar electricidad bajo tierra exigió otra ingeniería

Los cables aéreos eran relativamente accesibles, pero también estaban expuestos a viento, lluvia, caída de árboles, accidentes y deterioro.

En zonas urbanas densas comenzó a desarrollarse también la distribución subterránea.

Enterrar conductores no significa simplemente colocarlos dentro de una zanja.

La electricidad debe mantenerse aislada del suelo, la humedad y otros conductores.

Fue necesario desarrollar materiales aislantes, ductos, empalmes y técnicas capaces de mantener las redes funcionando en ambientes difíciles.

El cable eléctrico se convirtió en un objeto tecnológico complejo.

Su parte más importante no siempre era el metal que conducía la corriente.

También lo era aquello que impedía que escapara.

El cobre se convirtió en un material estratégico

El cobre posee una combinación especialmente útil para las redes eléctricas.

Conduce muy bien la electricidad, puede convertirse en alambres y posee propiedades adecuadas para numerosos usos industriales.

Por eso se volvió uno de los materiales fundamentales de la electrificación.

Pero utilizar cobre a gran escala implicaba minería, transporte, refinación y cadenas comerciales internacionales.

Cada nueva red urbana estaba conectada con territorios mucho más lejanos de lo que parecía.

Detrás de una lámpara podían existir minas, fundiciones, fábricas de cable y rutas comerciales.

La ciudad eléctrica dependía de una geografía material que se extendía mucho más allá de sus calles.

México comenzó a electrificarse durante el Porfiriato

En México, las primeras aplicaciones de electricidad aparecieron durante las últimas décadas del siglo XIX.

Inicialmente, la energía eléctrica estuvo especialmente vinculada con actividades industriales, mineras y con el alumbrado de determinados espacios urbanos.

Durante el Porfiriato, distintas ciudades comenzaron a incorporar sistemas eléctricos.

La Ciudad de México experimentó una expansión progresiva del alumbrado eléctrico, que convivió durante un tiempo con tecnologías anteriores.

Como ocurrió en otros países, la electrificación no llegó simultáneamente a todos los lugares.

Primero aparecieron redes localizadas.

Después comenzaron a conectarse sistemas cada vez mayores.

Las plantas hidroeléctricas ampliaron el alcance de la electricidad mexicana

La geografía mexicana ofrecía importantes posibilidades para aprovechar energía hidráulica.

Ríos y desniveles podían utilizarse para mover turbinas y generar electricidad lejos de los principales centros de consumo.

Uno de los proyectos decisivos fue el complejo hidroeléctrico de Necaxa, en Puebla, desarrollado a comienzos del siglo XX.

La energía producida allí pudo transmitirse hacia la región central del país, incluida la Ciudad de México.

La distancia era considerable para los estándares de la época.

Esto mostraba el cambio fundamental que permitían las nuevas redes.

La electricidad podía producirse en una región montañosa y utilizarse en una metrópoli situada lejos de las turbinas.

Entre ambas estaban los cables.

La luz eléctrica transformó la noche

La llegada de electricidad no significó únicamente sustituir una lámpara por otra.

La posibilidad de iluminar calles, comercios, fábricas y viviendas con sistemas eléctricos modificó horarios y actividades.

Los escaparates podían permanecer visibles después del anochecer.

Determinadas industrias podían organizar turnos nocturnos con mayor facilidad.

Teatros, restaurantes y espacios públicos adquirieron nuevas formas de iluminación.

La noche urbana dejó de depender de una sucesión limitada de llamas individuales.

Podía recibir energía desde una red.

El cambio fue técnico.

También fue cultural.

Las fábricas dejaron de organizarse alrededor de un solo eje

La electricidad también modificó los interiores industriales.

En muchas fábricas anteriores, una gran fuente de energía mecánica transmitía movimiento mediante ejes, correas y poleas.

La introducción progresiva de motores eléctricos permitió distribuir la fuerza de otra manera.

Una máquina podía disponer de su propio motor.

Esto ofrecía mayor flexibilidad para organizar determinados procesos productivos.

El cable llevaba energía hasta la máquina en lugar de obligar a la máquina a colocarse alrededor de un complejo sistema mecánico de transmisión.

La arquitectura industrial podía empezar a responder a una nueva lógica.

Los hogares tuvieron que aprender a vivir conectados

Cuando la electricidad comenzó a entrar en las viviendas, apareció una infraestructura doméstica completamente nueva.

Cables internos.

Interruptores.

Fusibles.

Portalámparas.

Enchufes.

Más tarde llegarían numerosos electrodomésticos.

Las paredes dejaron de ser únicamente elementos estructurales.

Comenzaron a ocultar redes.

El hogar moderno se convirtió gradualmente en un espacio conectado a sistemas técnicos exteriores.

Una persona podía presionar un interruptor dentro de una habitación y activar un proceso que comenzaba quizá a decenas o cientos de kilómetros.

Ese gesto cotidiano dependía de una infraestructura gigantesca.

La red necesitó transformadores

Las redes eléctricas modernas funcionan utilizando distintos niveles de voltaje.

La energía puede transmitirse a voltajes elevados durante largas distancias y posteriormente reducirse mediante transformadores conforme se acerca a los consumidores.

Por eso los transformadores se volvieron elementos fundamentales del paisaje eléctrico.

Algunos aparecen sobre postes.

Otros se encuentran dentro de instalaciones cerradas o subterráneas.

Su presencia puede parecer secundaria frente a enormes centrales y líneas de transmisión.

Pero sin ellos sería mucho más difícil distribuir electricidad de manera práctica y segura.

La red funciona porque la energía cambia de escala antes de llegar a nosotros.

Las torres extendieron la red mucho más allá de la ciudad

Con el crecimiento del consumo, los cables dejaron de ser solamente elementos urbanos.

Grandes líneas de transmisión comenzaron a atravesar montañas, campos, desiertos y bosques.

Las torres de alta tensión hicieron visible una infraestructura de escala territorial.

La electricidad podía recorrer cientos de kilómetros antes de llegar a una vivienda.

Esto permitió construir sistemas eléctricos interconectados.

Una central podía aportar energía a una red donde también participaban otras instalaciones generadoras.

La ciudad ya no dependía necesariamente de una sola planta.

Dependía de un sistema.

La electrificación tampoco llegó a todos por igual

La historia de las redes eléctricas también es una historia de desigualdad territorial.

Los centros urbanos y las zonas industriales solían ofrecer mayores incentivos económicos para extender infraestructura.

Las regiones rurales dispersas presentaban un desafío diferente.

Construir kilómetros de líneas para atender poblaciones pequeñas podía resultar costoso.

Por eso, en muchos países, la electrificación rural necesitó programas públicos, cooperativas y políticas específicas.

México también atravesó un largo proceso de expansión de cobertura durante el siglo XX.

Encender una lámpara se convirtió gradualmente en una experiencia cotidiana.

Pero hacerla universal requirió décadas de infraestructura.

La nacionalización modificó el sistema mexicano

Durante el siglo XX, el sector eléctrico mexicano pasó por profundas transformaciones institucionales.

En 1937 se creó la Comisión Federal de Electricidad con el propósito de ampliar y organizar el suministro en un país donde numerosos lugares todavía carecían de servicio.

En 1960, el gobierno mexicano nacionalizó la industria eléctrica.

La expansión posterior de generación, transmisión y distribución contribuyó a integrar sistemas regionales y extender la cobertura.

Los cables adquirieron entonces otra dimensión.

No solo conectaban plantas con consumidores.

También formaban parte de un proyecto de integración territorial.

Cuando la red falla comprendemos su tamaño

Una de las características de la electricidad moderna es que normalmente permanece invisible.

No vemos los electrones desplazándose por los conductores.

Simplemente esperamos que la luz aparezca cuando accionamos un interruptor.

Un apagón rompe esa ilusión.

Semáforos dejan de funcionar.

Ascensores se detienen.

Sistemas de comunicación dependen de baterías y generadores.

Comercios, hospitales y hogares activan mecanismos de respaldo cuando existen.

En pocos minutos queda claro que la electricidad ya no sirve únicamente para iluminar.

Sostiene una enorme parte de la vida urbana.

Los cables actuales transportan electricidad de fuentes nuevas

Las redes creadas originalmente alrededor de grandes centrales deben adaptarse ahora a un sistema energético más diverso.

Parques eólicos y solares pueden encontrarse lejos de las ciudades y producir electricidad de manera variable.

Los hogares también pueden generar parte de su energía mediante paneles solares.

Esto obliga a modernizar redes, sistemas de control y almacenamiento.

El desafío vuelve a parecerse al del siglo XIX.

No basta con descubrir una manera de producir electricidad.

Hay que conseguir que llegue donde se necesita, cuando se necesita.

La transición energética también es una historia de cables.

Una infraestructura que aprendimos a ignorar

Postes, transformadores y líneas eléctricas están presentes en tantas calles que rara vez los observamos.

Forman parte del fondo visual de las ciudades.

Sin embargo, cada uno pertenece a una red cuidadosamente coordinada.

Detrás de una lámpara encendida existen centrales, subestaciones, sistemas de protección, trabajadores, conductores y decisiones tomadas continuamente para equilibrar generación y consumo.

La electricidad parece inmediata porque la infraestructura oculta la distancia.

Presionamos un interruptor.

La red hace el resto.

Lectura de fondo

La ciudad moderna comenzó a depender de conexiones invisibles

Las grandes historias de la electricidad suelen recordar inventores, centrales y bombillas.

Pero ninguna de esas tecnologías habría transformado por sí sola la vida cotidiana sin una red capaz de conectarlas.

El cable convirtió la electricidad en un servicio distribuido.

Permitió separar el lugar de generación del lugar de consumo, llevar energía hasta edificios y máquinas y conectar regiones enteras dentro de sistemas cada vez mayores.

Con ello cambió también nuestra relación con la infraestructura.

Una persona del siglo XIX podía observar directamente la llama que iluminaba una habitación y comprender de dónde provenía su luz.

Hoy basta con accionar un interruptor.

El origen puede encontrarse en una presa, una central térmica, un parque eólico o una instalación solar situada a gran distancia.

Entre nosotros y esa fuente existe una enorme arquitectura de conexiones que normalmente permanece fuera de nuestra atención.

Quizá ese sea uno de los mayores logros de los cables eléctricos.

Hicieron posible que una infraestructura extraordinariamente compleja terminara sintiéndose como el gesto más sencillo del mundo.

Encender la luz.