24 febrero, 2026
Educación y Ciencia Lo Nuevo

Por qué febrero despierta alergias cuando el cuerpo confunde el mundo


Para muchas personas, febrero no tiene la fama de ser “mes de alergias”. No se asocia de inmediato con el pico de primavera ni con los campos en flor. Y sin embargo, cada año reaparece el mismo patrón: ojos irritados, estornudos repetidos, congestión, tos seca, picor en la garganta. Como si el cuerpo hubiera decidido reaccionar contra el aire justo cuando el invierno parece estar cediendo.


La explicación no es una sola, porque las alergias no son un único fenómeno. Son una familia de respuestas inmunológicas donde el organismo interpreta algo inofensivo —polen, polvo, moho, caspa de animales— como una amenaza. Febrero, en muchos lugares, funciona como un mes de transición: cambia el clima, cambia la humedad, cambian los vientos, cambian los hábitos de ventilación en casa, y cambian también los calendarios biológicos de plantas y hongos. Todo eso puede mover el tablero sin que lo notemos.


La alergia, vista con lupa, no es fragilidad: es un sistema de defensa que se equivoca con convicción.
Qué es una alergia en términos biológicos
Una alergia ocurre cuando el sistema inmunológico monta una respuesta desproporcionada ante un estímulo que no representa un peligro real. No es una infección, no es un “microbio”, no es el cuerpo luchando contra un invasor que lo está dañando. Es el cuerpo activando alarmas ante algo que, por sí mismo, no debería detonarlas.


En muchas alergias respiratorias, la historia incluye un protagonista central: la histamina. Cuando el organismo reconoce el alérgeno, ciertas células liberan sustancias que inflaman tejidos, dilatan vasos, aumentan secreciones y generan síntomas clásicos: congestión nasal, ojos llorosos, estornudos, picor.
El síntoma no es el enemigo. Es el resultado de una defensa mal dirigida.


Febrero como mes de transición biológica
En la lógica del clima, febrero puede parecer un tramo más del invierno. Pero en la lógica ecológica, en muchas regiones es un mes donde la actividad biológica empieza a reactivarse. Algunas plantas comienzan a liberar polen temprano, especialmente árboles que no esperan a la explosión de primavera. En otros sitios, los vientos cambian y mueven partículas de zonas cercanas o lejanas.


No hace falta ver flores para que haya polen. Una gran parte del polen que causa alergias no viene de flores vistosas, sino de plantas y árboles que polinizan por el viento: liberan partículas pequeñas, ligeras, diseñadas para viajar.


Por eso, para ciertos organismos y en ciertos climas, febrero puede ser el arranque silencioso de la temporada.


El factor doméstico lo que el invierno deja acumulado
Hay otra dimensión menos evidente: la casa. Durante meses fríos, en muchos hogares se ventila menos, se cierran ventanas, se usan calentadores, y el aire interior circula de manera distinta. Eso puede favorecer la acumulación de polvo fino, ácaros, caspa de mascotas y partículas irritantes.


Además, la humedad juega un papel ambiguo. En algunas zonas el aire invernal reseca mucosas y vuelve más vulnerable la nariz y la garganta. En otras, ciertas condiciones de humedad favorecen la presencia de moho, cuyos esporas también pueden desencadenar alergias.


Febrero, como transición, puede ser el mes donde el cuerpo ya viene irritado por sequedad y de pronto recibe más estímulos ambientales.


Polen temprano no es solo “primavera adelantada”
Hay años en que las estaciones se comportan de manera irregular: días cálidos intermitentes, frentes fríos que regresan, periodos secos seguidos de lluvia. Ese vaivén puede disparar liberaciones de polen en momentos distintos a los esperados.


Y no solo cambia el calendario, también cambia la intensidad. Cuando ciertas plantas liberan polen en un periodo breve y concentrado, el cuerpo recibe una dosis más alta en menos tiempo. A escala individual eso se percibe como “me pegó de golpe”. A escala ecológica, es una reorganización de ritmos.


La alergia no siempre es más fuerte porque haya más alérgeno, sino porque llega de forma más concentrada.
Por qué el cuerpo reacciona como si fuera peligro real
La pregunta más interesante no es por qué hay polen o polvo, sino por qué el sistema inmune lo interpreta como amenaza.


En alergias, el organismo produce una clase de anticuerpos asociados a respuestas rápidas e inflamatorias. Es como si hubiera aprendido una asociación equivocada: “esto es peligroso”. Una vez establecida, la respuesta se refuerza con cada exposición.

Mi
Este mecanismo tiene un trasfondo evolutivo: nuestro sistema inmune está diseñado para reaccionar con rapidez ante amenazas reales. El costo de reaccionar de más, en algunos escenarios, fue históricamente menor que el costo de reaccionar tarde. El problema es que el mundo moderno ofrece muchos estímulos inofensivos que pueden activar esa lógica, y el cuerpo no siempre distingue bien.


La alergia es, en ese sentido, una defensa que se activa donde no debería.
Alergia, infección e irritación no siempre se distinguen fácil
Una parte del problema en febrero es la confusión: congestión, tos, garganta irritada pueden parecer resfriado. La diferencia es que una alergia no suele incluir fiebre y tiende a repetirse con exposición ambiental. También es común que los síntomas empeoren en ciertas horas o lugares: al salir, al entrar a casa, al limpiar, al acostarse.
Sin embargo, hay zonas grises. Algunas personas tienen rinitis no alérgica, irritación por contaminación o cambios bruscos de temperatura. Otras combinan alergia con infecciones virales estacionales. Por eso, en protocolos ortodoxos, la evaluación clínica suele enfocarse en patrón de síntomas, antecedentes y factores de exposición.
El costo invisible la alergia como desgaste
Aunque se hable de alergia como “molestia”, su impacto puede ser profundo. Interrumpe el sueño, disminuye concentración, fatiga, irrita. La congestión crónica cambia la respiración, la garganta se reseca, la tos aparece sin infección.
En términos de salud pública, las alergias son importantes no por ser letales en la mayoría de los casos, sino por ser persistentes y por afectar calidad de vida de manera silenciosa. Y en algunas personas pueden coexistir con asma o desencadenar episodios respiratorios más complejos.
La alergia rara vez es una emergencia; suele ser un ruido constante que agota.
Qué suele incluir el abordaje clínico más habitual
En protocolos ortodoxos, el abordaje clínico más habitual suele incluir identificar desencadenantes, reducir exposición cuando es posible y utilizar tratamientos como antihistamínicos, descongestionantes o esteroides nasales según el caso, además de lavados nasales en algunos esquemas. En ciertos pacientes se consideran pruebas de alergia, inmunoterapia o manejo conjunto con asma si existe.
Lo importante es que el tratamiento no es un “remedio universal”. Depende de la intensidad, duración, comorbilidades y del tipo de alérgeno predominante.
Por qué febrero es un buen mes para entenderlas
Febrero es una bisagra. No es el pico evidente de la primavera, pero sí un mes donde los cambios empiezan a sentirse en el aire y en el cuerpo. Por eso es útil como lente: muestra que las alergias no son solo asunto de “flores”, sino de sistemas. De ecología, clima, interiores, mucosas, inmunidad y hábitos.
La alergia revela algo incómodo: nuestro cuerpo no reacciona solo a amenazas, reacciona a interpretaciones. Y esas interpretaciones pueden volverse costumbre biológica.

Lectura de fondo
Cuando el sistema de defensa se vuelve intérprete
La alergia es una condición extraña porque no nace de un enemigo, sino de un malentendido. El cuerpo reacciona con una intensidad propia de la amenaza ante algo que, en la mayoría de los casos, no es peligroso. Eso la convierte en un fenómeno profundamente moderno: no porque no existiera antes, sino porque hoy vivimos rodeados de estímulos persistentes, interiores cerrados, cambios ambientales rápidos y calendarios biológicos alterados.
Febrero, como mes de transición, deja ver esa complejidad. No se trata solo de “polen temprano”, sino de cómo el aire cambia, cómo la casa acumula partículas, cómo las mucosas se resecan, cómo el sistema inmune interpreta señales. La alergia es la prueba de que la biología no es solo defensa; también es lectura del mundo.
Entenderla así no elimina los estornudos, pero cambia la mirada: el cuerpo no se está “portando mal”. Está reaccionando con fuerza a una señal equivocada. Y eso abre un horizonte más útil que el de la culpa: el de la comprensión clínica y el cuidado sostenido.