Imagen – El arte de la palabra
En tiempos donde las frases se inflan con adjetivos y los discursos se adornan hasta perder sentido, vale la pena recordar a quien supo desnudar ese vicio con humor y precisión: Marcos Mundstock, la voz inconfundible de Les Luthiers. Con su ironía impecable, convirtió el lenguaje pomposo en materia prima para la risa y la reflexión.
Mundstock solía parodiar a los oradores solemnes que confundían la elocuencia con el exceso. Lo hacía sin crueldad, pero con puntería quirúrgica. Su tono pausado y su dicción perfecta bastaban para revelar la fragilidad detrás de las frases altisonantes. Escucharlo era un recordatorio de que la inteligencia también puede expresarse con economía verbal.
El lenguaje como espejo de la vanidad
En muchos sentidos, la sátira de Mundstock sigue vigente. Hoy, los discursos públicos —políticos, corporativos o digitales— parecen competir por quién dice lo mismo con más palabras. Abundan términos rimbombantes, tecnicismos innecesarios y eufemismos que enmascaran lo simple. En esa maraña, el mensaje original se diluye, y la claridad se convierte en una rareza.
La risa que provocaban sus textos no era solo diversión: era un espejo. Reírnos de esos excesos nos obliga a reconocer cuántas veces usamos palabras grandilocuentes para ocultar vacíos de contenido.
Lectura de fondo
La vigencia de Mundstock no reside únicamente en su talento cómico, sino en su mirada lúcida sobre el poder del lenguaje. Su humor, tan medido como profundo, desarmaba la pretensión y reivindicaba la sencillez como una forma de inteligencia.
En un mundo saturado de discursos vacíos y frases hechas, su legado invita a pensar que hablar claro también es un acto de respeto: hacia quien escucha y hacia la verdad misma. A veces, la palabra más breve es la que mejor explica el mundo.


