17 enero, 2026
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Los verdaderos Frankenstein: ciencia extrema entre la vida, la muerte y la identidad

Imagen – Cerebro en Contenedor Experimental

 

A comienzos del siglo XIX, cuando Europa estaba fascinada con la electricidad, Mary Shelley imaginó a un joven científico capaz de unir partes humanas y devolverles la vida con un chispazo. Su criatura no nació solo de la ficción: se alimentó de miedos, rumores y experimentos reales. Y, aunque hoy no existen laboratorios cosiendo cadáveres, sí hay un conjunto de prácticas científicas que, incluso dos siglos después, siguen provocando la misma mezcla de asombro y vértigo que inspiró Frankenstein.

Lo fascinante es que estos avances no surgieron del deseo de crear monstruos, sino de una necesidad profundamente humana: salvar vidas cuando el cuerpo ya no basta. Y en ese camino, la ciencia ha cruzado territorios que, hasta hace poco, solo pertenecían a la literatura gótica.

El sueño eléctrico: cuando los muertos “se movían” en público

Antes de Frankenstein estaba el galvanismo, el descubrimiento de que la electricidad podía hacer que músculos muertos volvieran a contraerse. Luigi Galvani lo observó en 1780 al estimular patas de rana. Para su época, aquello era un misterio: ¿era la electricidad la fuerza vital?

Pero el verdadero detonador fue Giovanni Aldini, sobrino de Galvani, quien convirtió la ciencia en espectáculo. En 1803, en Londres, aplicó fuertes descargas al cuerpo del criminal ejecutado George Forster. Ante una multitud horrorizada, el cadáver se estremeció, abrió los ojos, contrajo el rostro y levantó un brazo. No había resucitado, pero la escena era tan impactante que la prensa escribió que Aldini estaba “a un paso de devolver la vida”.

Shelley tomó nota. El mito del rayo que despierta cuerpos nació allí. Era una metáfora poderosa: la humanidad tocando la frontera entre vida y muerte por primera vez de forma tangible.

Ensamblar cuerpos: los experimentos que desafiaron lo imaginable

Más de un siglo después, esa frontera se empujó de nuevo, ahora con bisturís.

El soviético que creó perros de dos cabezas

En los años cincuenta, el cirujano soviético Vladímir Demíjov llevó la experimentación a niveles que hoy parecerían imposibles. Realizó los primeros trasplantes de corazón y pulmón en perros, pero su trabajo más inquietante fue otro: unir la cabeza y el torso de un cachorro al cuello de un perro adulto, creando animales de dos cabezas, ambas vivas y funcionales.

El cachorro trasplantado podía beber leche, reaccionar a voces y mover su pequeña mandíbula. Los cuerpos sobrevivían días, incluso semanas. Para Demíjov, aquello no era un truco macabro: era una manera de demostrar que órganos complejos podían mantenerse vivos si se conectaban a un sistema circulatorio que funcionara.

La imagen, sin embargo, parecía sacada de una pesadilla victoriana.

El neurocirujano que trasplantó cabezas de mono

Inspirado por Demíjov, el neurocirujano estadounidense Robert J. White intentó resolver un problema distinto: ¿se podría “salvar la mente” de una persona cuyo cuerpo ya no funcionara?

White trasplantó la cabeza de un mono a otro cuerpo de mono. El animal sobrevivió varios días. Podía ver, oír, oler y responder a estímulos. Estaba consciente. Pero no podía mover su cuerpo: la médula espinal no logró reconectarse. Era un cerebro atrapado en un cuerpo ajeno.

White llamó a esto “trasplante de cuerpo” y argumentó que algún día podría salvar a pacientes terminales dándoles una nueva estructura física. Sus experimentos generaron debates éticos intensos sobre identidad, continuidad personal y el significado biológico del “yo”.

Nunca estuvimos tan cerca del Frankenstein real.

La verdadera necesidad: no crear, sino reparar

Lejos de los experimentos más dramáticos, la medicina moderna evolucionó hacia un objetivo mucho más humano: reemplazar partes defectuosas para salvar vidas.

De injertos de piel al primer órgano exitoso

El camino comenzó con injertos de piel para quemados en el siglo XIX y transfusiones de sangre cada vez más seguras. El punto de quiebre llegó en 1954, cuando Joseph Murray logró el primer trasplante de riñón entre gemelos idénticos, eliminando el obstáculo del rechazo inmunológico.

Para los cirujanos de hoy, el cuerpo humano es un sistema reparable:

  • Corazones, riñones, hígados y pulmones pueden reemplazarse.
  • Las cirugías reconstructivas permiten trasplantar rostros completos, manos y antebrazos.
  • Órganos pueden cultivarse en laboratorio a partir de células propias del paciente.

No es coser cadáveres: es proteger la identidad del paciente permitiéndole extender su propia vida.

El verdadero monstruo ahora no es el científico, sino el sistema inmunológico, que ataca cualquier tejido extraño. Gran parte del avance médico ha sido aprender a calmar esa defensa natural.

Frankenstein del siglo XXI: órganos de animales en cuerpos humanos

A medida que la demanda de órganos supera la disponibilidad, la ciencia está explorando un territorio que parece sacado directamente de la literatura gótica: los xenotrasplantes.

Los cerdos modificados genéticamente están siendo convertidos en donantes potenciales. Con CRISPR, se eliminan genes que provocan rechazo fulminante y se insertan otros que hacen los órganos más compatibles con humanos.

Ya se han realizado trasplantes experimentales de:

  • Riñones de cerdo en pacientes en muerte cerebral.
  • Corazones de cerdo en pacientes terminales, con supervivencias que, aunque limitadas, abren un nuevo horizonte.

La pregunta ya no es técnica, sino ética:
¿Es aceptable criar animales solo como bancos de órganos humanos?
¿Quién tendrá acceso a estas tecnologías cuando estén listas?

No son criaturas monstruosas, pero sí seres creados para un propósito profundamente polémico.

Reanimación moderna: cerebros que no se apagan del todo

En los últimos años, experimentos con cerebros aislados de cerdo conectados a sistemas de perfusión han demostrado que, horas después de la muerte, algunas funciones celulares pueden reactivarse. No hay consciencia, pero sí actividad que antes se consideraba imposible post mortem.

Paralelamente, los organoides cerebrales, creados a partir de células madre humanas, generan redes neuronales simples que imitan aspectos del desarrollo cerebral.

No son cerebros que piensan, pero el límite conceptual se vuelve difuso: ¿cuánta actividad es suficiente para hablar de una forma mínima de experiencia?

La ciencia no está recreando monstruos, pero sí está obligándonos a repensar qué significa estar vivo, consciente o en el umbral de la muerte.

Lectura de fondo

El verdadero Frankenstein es la responsabilidad, no la criatura

Frankenstein sigue vigente porque no es un cuento sobre cadáveres revividos, sino sobre el creador que abandona lo que ha hecho. La criatura no causa horror por su fuerza, sino porque su existencia genera preguntas para las que nadie estaba preparado.

Hoy, cada avance —trasplantes extremos, órganos animales, reactivación de cerebros, edición genética— nos coloca frente al mismo espejo. La tecnología ya no es el límite; el límite somos nosotros: nuestra ética, nuestra legislación, nuestra capacidad de hacerse cargo de lo que creamos.

El Frankenstein real no es una amenaza externa, sino una advertencia sobre el poder sin responsabilidad. Y en ese sentido, la novela de Shelley sigue siendo, quizá, el texto científico más importante del siglo XXI.