Imagen – Ciudad desconectada
Las protestas antigubernamentales en Irán entraron en su decimotercer día consecutivo con un factor que cambia por completo el pulso de las movilizaciones: cortes severos —en algunos momentos casi totales— de internet y comunicaciones en Teherán y otras ciudades. La desconexión ha reducido al mínimo el flujo de información desde el país y ha vuelto más difícil verificar de manera independiente lo que ocurre en las calles.
Lo que sí se alcanza a reconstruir, a partir de reportes parciales, es una escena marcada por tres elementos: extensión territorial de las manifestaciones, aumento de víctimas y un endurecimiento del discurso oficial, que enmarca las protestas como una amenaza de seguridad nacional.
Cómo empezaron y por qué crecieron
Las movilizaciones comenzaron el 28 de diciembre en Teherán, vinculadas inicialmente al costo de la vida y a las dificultades económicas. Con el paso de los días, se reportó su expansión a decenas de ciudades, con concentraciones en alrededor de cincuenta puntos urbanos. Parte de esa evolución se refleja también en los cánticos y consignas que han circulado en videos verificados, donde la protesta deja de ser solo económica y adopta un tono frontal contra la cúpula política.
Este ciclo es descrito como el más importante en años y ha sido comparado, por su intensidad y carga simbólica, con momentos de quiebre en la historia iraní: episodios en los que la calle no solo reclama cambios, sino que pone en cuestión la continuidad del sistema.
Lo que se sabe sobre víctimas y uso de la fuerza
En el terreno humano, las cifras reportadas varían según el origen de la información, pero convergen en la idea de un saldo creciente. Por un lado, se han difundido estimaciones de alrededor de cuarenta manifestantes muertos durante estos trece días; por otro, organizaciones de derechos humanos han documentado al menos 45 fallecidos, incluidos ocho menores de edad.
En paralelo, se difundieron imágenes que apuntan a un uso más duro de la fuerza en algunas regiones. En Zahedan, por ejemplo, se reportó que fuerzas de seguridad abrieron fuego en las inmediaciones de un punto religioso relevante tras las oraciones del viernes. El dato es clave porque, más allá del hecho puntual, sugiere un cierre de canales de mediación y una tendencia a resolver el conflicto desde la lógica estrictamente de seguridad.
El apagón digital como herramienta política
Los cortes de internet no solo limitan la coordinación entre manifestantes. También afectan la posibilidad de documentar abusos, pedir auxilio, circular evidencia y sostener comunicación con familiares y redes en el exterior. En términos prácticos, el apagón convierte a la protesta en un fenómeno más difícil de medir y, al mismo tiempo, eleva el temor a una represión mayor: históricamente, la desconexión ha sido utilizada como una forma de aislar el espacio informativo antes de operativos masivos.
En esta coyuntura, además, se ha hablado de una “guerra en internet” más sofisticada que un simple corte: interferencias, interrupciones selectivas y control de infraestructura comunicacional. No todo ello es verificable hoy por la misma falta de conectividad, pero aparece como hipótesis relevante dentro del patrón de respuesta estatal.
La postura del régimen: “respuesta decisiva” y narrativa de injerencia
En el plano institucional, el Consejo Supremo de Seguridad Nacional emitió una resolución anunciando una “respuesta muy decisiva”. El mensaje es importante por el marco que propone: sostiene que las protestas se desviaron de demandas legítimas y estarían siendo empujadas hacia la inestabilidad por la intervención y planificación de actores externos.
Ese encuadre cumple una función política concreta: convertir a los manifestantes en un problema de seguridad nacional, no en ciudadanos descontentos. La diferencia no es menor, porque abre la puerta a mayor uso de fuerza, detenciones masivas y acusaciones de colaboración con enemigos externos.
En el mismo tono, el líder supremo, Alí Jamenei, afirmó que el sistema “no retrocederá”, calificó a los manifestantes como alborotadores y los vinculó con intereses extranjeros. Es un mensaje que apuesta a cerrar filas, endurecer el discurso y sostener la idea de que el conflicto no es social, sino político-estratégico.
Presión internacional y el debate por derechos humanos
Desde fuera del país, organismos internacionales han pedido que se proteja el derecho a la manifestación pacífica y que las muertes y destrucción de bienes sean investigadas de forma rápida, independiente y transparente. También han señalado que los cortes de comunicación vulneran libertades fundamentales y entorpecen el acceso a servicios esenciales, incluidos los de emergencia.
Esa posición internacional, sin embargo, convive con la tensión geopolítica: parte del discurso oficial iraní busca presentar cualquier presión exterior como prueba de intervención y, por tanto, como justificación de una respuesta más dura.
Escenarios en disputa: represión, fracturas internas o reconfiguración del poder
Dado el nivel de incertidumbre, analistas han esbozado escenarios sin afirmar que alguno sea inevitable:
Escenario 1: represión más intensa
El primero es la intensificación del control: detenciones masivas, mayor despliegue de seguridad y posibilidad de fuerza letal. Este camino puede reducir protestas a corto plazo, pero suele aumentar la crisis de legitimidad y profundizar agravios acumulados.
Escenario 2: fracturas o radicalización dentro de fuerzas estatales
Otro escenario crítico es el comportamiento de fuerzas de seguridad y cuerpos militares. Se ha señalado que factores como la presión económica, la percepción del destino de otros regímenes y la exposición pública de estilos de vida de élites podrían erosionar lealtades. En sentido contrario, también se plantea que el aparato de seguridad podría optar por intervenir con mayor contundencia, incluso con el riesgo de provocar deserciones posteriores si el conflicto se prolonga.
Escenario 3: reacomodo político
Se ha mencionado la posibilidad de una salida “desde dentro” del sistema: una figura que impulse reformas sin desmantelar del todo la estructura de poder. Este escenario enfrenta el problema de identificar quién podría encarnar esa transición sin ser neutralizado por sectores duros.
Escenario 4: oposición externa y símbolos de retorno
En la discusión pública ha reaparecido el nombre del heredero del último sha, Reza Pahlavi, con reportes de una respuesta creciente en algunos sectores de las movilizaciones. Al mismo tiempo, la cercanía o distancia de actores extranjeros se vuelve un dilema: cualquier señal de respaldo externo puede dar fuerza simbólica a la oposición, pero también alimentar el argumento oficial de “injerencia” y, con ello, justificar mayor represión.
Impacto inmediato: vuelos cancelados y señales de aislamiento
El clima de incertidumbre y la inestabilidad también se reflejaron en decisiones de aerolíneas, con cancelaciones de vuelos hacia y desde varias ciudades iraníes. Más allá del impacto práctico, es una señal de que la crisis comienza a generar efectos concretos sobre movilidad y conectividad, sumando capas de presión interna.
Lectura de fondo
Cuando el conflicto se vuelve una batalla por la información
En protestas prolongadas, la calle disputa espacios; el Estado disputa el relato. En Irán, el corte de internet opera como una tecnología de poder: reduce evidencia, fragmenta coordinación y hace que el mundo exterior dependa de filtraciones y fragmentos. Esa falta de certeza no es un accidente, sino parte del terreno donde se juega la legitimidad.
En este tipo de crisis, el riesgo mayor no proviene solo de la protesta o de la represión, sino de la combinación: un régimen que enmarca el descontento como amenaza extranjera tiende a responder con mano dura; una ciudadanía que percibe que ya no hay mediación tiende a elevar el costo del conflicto. El resultado es una espiral en la que cada parte actúa para no ceder —y esa lógica, más que cualquier consigna, define si el país entra a una transición, a una represión extendida o a un desgaste largo y peligroso.


