17 enero, 2026
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El universo también puede morir y la física ya imagina cómo

Imagen — El gran desgarro

 

La idea de un “apocalipsis” suele venir cargada de dramatismo humano: explosiones, ruinas, un instante final que lo corta todo. Pero el universo no está obligado a terminar como una historia. La física, cuando empuja sus teorías hasta el extremo, sugiere algo más desconcertante: el cosmos podría apagarse lentamente, desgarrarse sin ceremonia o cambiar de reglas de golpe, como si la realidad misma pudiera actualizarse a una versión incompatible con todo lo que conocemos.

Hablar del fin del universo no es un ejercicio de terror, sino de coherencia. Si el universo tiene leyes, esas leyes tienen consecuencias. Y algunas, vistas a escalas de tiempo inconcebibles, se parecen a un final.

Lo primero que hay que entender es que el universo se estira

El universo no solo contiene galaxias: contiene espacio. Y ese espacio se expande. La evidencia de esta expansión está en la luz de objetos lejanos, que llega “corrida” hacia longitudes de onda más rojas. Es un recordatorio de que la distancia no siempre significa “moverse por el espacio”, sino a veces “que el espacio entre dos cosas crece”.

Durante mucho tiempo se pensó que esa expansión podría frenarse con el peso de la gravedad. Sin embargo, las observaciones modernas apuntan a un hecho más extraño: la expansión no solo continúa, sino que se acelera. Es como si el universo hubiera encontrado una manera de separarse cada vez más rápido.

Ese detalle es crucial, porque la forma en que el universo se expande decide la arquitectura del futuro. Decide si las galaxias seguirán siendo vecinas, si habrá un horizonte más allá del cual la luz jamás nos alcanzará, y si el cosmos terminará como un desierto frío o como una ruptura total de la estructura.

Muerte térmica cuando el universo se queda sin oportunidades

El escenario más sobrio —y por eso mismo más inquietante— se conoce como muerte térmica o gran congelamiento. No es un final con fecha, sino un final con tendencia.

La física de la energía dice que los procesos que crean estructura y complejidad dependen de diferencias: una región más caliente que otra, una fuente que entrega energía y un entorno que la absorbe. Las estrellas existen porque hay un gradiente: fusionan materia y liberan energía. La vida existe porque hay flujos: luz que llega, calor que se disipa, química que se sostiene por desequilibrio.

Pero los desequilibrios no son eternos. En escalas vastísimas, la materia útil se agota o se dispersa. Las galaxias consumen su gas, la formación de estrellas disminuye, y la energía se vuelve cada vez más uniforme y menos capaz de “hacer cosas”. El universo no se destruye: se vuelve incapaz de sostener procesos interesantes.

En este final, el apocalipsis no es una catástrofe, sino una pérdida de condiciones. Un universo donde casi nada ocurre es un universo que sigue existiendo, pero ha dejado de ser escenario de historia.

El gran desgarro cuando el espacio vence a todo

Hay un destino más violento, pero no necesariamente más ruidoso: el gran desgarro. Aquí la expansión acelerada del universo no solo separa galaxias; se vuelve tan intensa que termina compitiendo con fuerzas que hoy consideramos invencibles.

Primero se deshacen cúmulos de galaxias. Luego, galaxias individuales. Más tarde, sistemas estelares. En el límite, la idea sugiere que incluso estructuras más íntimas podrían separarse, como si el tejido del espacio ganara la batalla contra los vínculos que mantienen unida la materia.

Este escenario depende de un detalle que todavía no comprendemos del todo: la naturaleza de aquello que impulsa la expansión acelerada. Si ese componente del cosmos se comporta como una energía constante, el desgarro no ocurre. Si en cambio crece con el tiempo, la expansión podría convertirse en una fuerza de ruptura universal.

La inquietud aquí no es solo el final, sino la lógica: el universo, en vez de enfriarse, se desarma.

El gran colapso la posibilidad de un universo que regresa

Existe un final con estética más antigua: el gran colapso. En este escenario, la expansión se frena, se invierte y todo comienza a caer hacia adentro, como si el universo fuera un pulmón cósmico que tras exhalar durante eones decidiera inhalar.

La idea es poderosa porque hace del fin un espejo del origen: si el universo nació en un estado extremadamente denso, tal vez podría volver a él. A veces este destino se conecta con modelos donde el colapso no sería el último acto, sino el paso hacia un nuevo comienzo: un rebote, una reconfiguración, otra expansión.

Pero este futuro requiere que la gravedad domine el balance final y que la aceleración cósmica no sea permanente. No es el final que mejor encaja con lo que se observa hoy, pero sigue siendo una posibilidad conceptual dentro de ciertos marcos.

El gran colapso es un recordatorio de algo incómodo: incluso la dirección general del universo no tiene por qué estar garantizada para siempre.

Decaimiento del vacío el apocalipsis sin testigos

Hay un tipo de final que parece escrito por una física que no le debe nada a la intuición: el decaimiento del vacío.

En algunos modelos de la física de partículas, el estado actual del universo podría ser metaestable: no el más estable posible, sino un estado “suficientemente estable” que puede durar muchísimo tiempo… hasta que no. Sería como vivir en un valle poco profundo: no es el punto más bajo del paisaje, pero la barrera que impide caer al valle verdadero es alta.

Si esa barrera cediera por un proceso cuántico, podría formarse una burbuja de un nuevo estado del vacío que se expandiría a gran velocidad. Lo verdaderamente perturbador no es la destrucción, sino el significado: cambiaría la base misma de las leyes. No sería que algo se rompe dentro del universo; sería que el universo deja de ser compatible con su propia forma.

Este apocalipsis no tendría narración. No habría advertencia, ni cielo rojo, ni ruido. Habría un antes y, si pudiera contarse, un después que ya no permite contar nada.

La era de los agujeros negros el largo epílogo del cosmos

Aunque suenen a monstruos definitivos, los agujeros negros también tienen un papel particular en las historias del final: podrían ser el último refugio de la estructura antes de que todo se vuelva demasiado simple.

En escalas inmensas, la materia tiende a reorganizarse. Estrellas mueren, sistemas se desarman, colisiones ocurren. Con suficiente tiempo, muchos restos podrían terminar absorbidos por agujeros negros. El universo, entonces, sería un lugar dominado por objetos oscuros y muy pocas fuentes de energía.

Pero incluso ellos, según ciertas ideas físicas, no serían eternos. Podrían perder energía gradualmente hasta evaporarse. Si esto ocurre, el final se vuelve casi poético en su frialdad: después del último brillo, después del último colapso, quedaría un universo aún más vacío, con radiación tenue y partículas dispersas.

Este final no es un golpe. Es una disolución.

La materia no es tan inmortal como parece

Parte del drama del fin del universo está en que muchas cosas que hoy parecen permanentes podrían no serlo. La física contemporánea ha contemplado escenarios donde, en escalas de tiempo gigantescas, algunas partículas podrían decaer. No sería un evento súbito, sino una erosión lenta de lo que entendemos como “materia estable”.

Si la materia cambia, cambia el tipo de estructuras que pueden existir. Cambia la posibilidad misma de que haya objetos como planetas, rocas, cuerpos, memoria material. En este panorama, el apocalipsis no es solo cosmológico, sino ontológico: no desaparece “el mundo”, desaparece el tipo de mundo del que estamos hechos.

Pensar esto no exige imaginar una explosión, sino una pregunta más extraña: ¿qué significa el universo si ya no puede sostener nada parecido a una forma?

Por qué la física no se pone de acuerdo en un solo final

La cosmología tiene una dificultad fundamental: observa el universo desde dentro. No puede repetir el experimento, no puede comparar con otro universo, no puede acelerar el tiempo a voluntad. Lo que hace es leer huellas: la geometría del espacio, la distribución de galaxias, el eco del universo temprano y el comportamiento de la expansión.

De ahí nace la diversidad de finales: cada uno es la extrapolación de ciertos parámetros que todavía tienen incertidumbre. La gran pregunta no es solo cómo termina el universo, sino cuál es la naturaleza de los componentes que hoy lo gobiernan.

El fin del universo es, en cierto sentido, un espejo de lo que aún no entendemos. Cuanto más ignoramos, más finales caben.

El apocalipsis como consecuencia de tener leyes

Tal vez la idea más importante no sea cuál escenario es correcto, sino lo que todos comparten. Todos suponen que el universo está regido por reglas, y que esas reglas no fueron hechas para complacernos. La física no ofrece un final con moraleja. Ofrece finales como efectos secundarios de un cosmos que no promete continuidad.

Eso no vuelve al universo hostil. Lo vuelve indiferente, que es más radical. En un universo indiferente, la complejidad es un accidente raro. Y precisamente por eso, el hecho de que exista —aunque sea por un tramo limitado del tiempo cósmico— tiene una fuerza conceptual difícil de ignorar.

Lectura de fondo

La muerte del universo y el límite de nuestras historias

La palabra “apocalipsis” pertenece al lenguaje humano: supone un final que puede narrarse. La física, en cambio, describe destinos que a veces no tienen relato, porque no dejan lugar para testigos ni para memoria. Un universo puede seguir existiendo y, aun así, haber terminado en el sentido más profundo: cuando ya no es capaz de producir diferencia, transformación o experiencia.

Pensar el fin del universo es una forma de medir la distancia entre nuestras metáforas y la realidad. Nos recuerda que el sentido no está garantizado por el cosmos; lo construyen sistemas complejos en un breve intervalo donde la energía aún puede organizarse. En esa lectura, el final del universo no es solo un dato cosmológico: es la frontera donde la idea de historia deja de tener soporte físico.

El universo puede morir de muchas maneras, pero todas apuntan a lo mismo: lo extraordinario no es que algún día termine, sino que, por ahora, todavía tenga condiciones para que algo como una pregunta exista.