Imagen – Mente Estelar
Para muchas personas autistas, el mundo no solo se ve distinto: se organiza con reglas sensoriales y cognitivas propias. No es “más” o “menos” intenso en términos absolutos; es diferente en qué destaca, cómo llega y qué costo energético implica. A continuación, una aproximación detallada —desde la experiencia— a esa forma de percibir y pensar.
La experiencia sensorial
El sonido no siempre llega como “fondo” y “primer plano”. En una cafetería, una persona autista puede registrar a la vez el zumbido del refrigerador, la charola al caer en la mesa contigua, la conversación de atrás y el timbre de la puerta, sin un filtro automático que silencie lo irrelevante. Esa simultaneidad fatiga. Con la vista ocurre algo parecido: los detalles saltan antes que el conjunto; un letrero mal alineado, una luz parpadeante, una textura de la pared. El tacto puede sentirse como “mucho”: etiquetas que raspan, costuras que molestan, telas que “pican”. O, al contrario, el cuerpo puede buscar más información sensorial para regularse: apretar, balancearse, masticar algo crujiente.
También la interocepción —leer las señales internas— puede diferir: reconocer hambre, sed o dolor llega tarde o desordenado, y eso complica regular el día.
Tiempo, energía y previsibilidad
Sin un filtrado sensorial automático, la jornada exige un presupuesto de energía. Cambiar de entorno, improvisar, sostener conversaciones largas o ir a lugares ruidosos “gasta” más. Las transiciones (terminar algo y empezar otra cosa) son un punto sensible: el cerebro necesita cerrar el foco anterior antes de abrir otro. La anticipación baja el costo; de ahí el valor de agendas, secuencias y avisos previos.
Atención y pensamiento en profundidad
No es simple “falta de concentración”, sino orientación del foco. La mente tiende a organizar el día en túneles de atención: cuando un interés está activo, todo lo demás estorba. Dentro del túnel hay profundidad, conexiones inusuales, creatividad técnica; fuera del túnel, cambiar de tarea cuesta. El pensamiento puede ser altamente asociativo (saltos entre ideas por lógica interna) o muy literal (precisión semántica), con una preferencia por reglas claras y ejemplos concretos.
Comunicación y la llamada “doble empatía”
Mucho del roce social no nace de la falta de empatía, sino de códigos distintos. Una persona autista puede hablar con franqueza, ir al punto, evitar rodeos y necesitar más tiempo de procesamiento antes de responder. El subtexto velado, las ironías sin señal, los cambios abruptos de tema o la “pequeña charla” extensa consumen energía. Esto crea el fenómeno de la doble empatía: ambas partes interpretan mal a la otra porque sus expectativas y ritmos no coinciden. En el canal correcto —escrito, uno a uno, con tema compartido— la conexión suele ser profunda y sostenida.
Regulación y “stimming”
Balancearse, mover las manos, jugar con un objeto, tararear, presionar las palmas: son conductas de autorregulación (stimming) que organizan la sensación corporal, ayudan a concentrarse o descargan tensión. No son “manías” sin sentido; cumplen una función equivalente a respirar hondo o caminar un momento para despejarse.
Emoción y expresividad
Puede haber desfase entre lo que se siente y lo que el cuerpo muestra. A veces cuesta nombrar con precisión la emoción (alexitimia) o distinguir si el malestar es emocional o sensorial. Los colapsos (meltdowns) no son berrinches: son desbordes del sistema ante acumulación de ruido, cambio, luz, roce, expectativas sociales o cansancio; los apagones (shutdowns) son el modo ahorro: el cuerpo reduce la interacción para sobrevivir al exceso.
Ejecutivo y vida cotidiana
Planear, iniciar, dividir tareas, estimar tiempos, recordar pasos: las funciones ejecutivas pueden pedir apoyos. Sirven las listas visibles, los desgloses paso a paso, los temporizadores, las rutinas de “encendido y apagado” del día, las pausas programadas y los recordatorios que no dependan de la memoria a corto plazo.
Entornos que ayudan
- Claridad: instrucciones literales, expectativas explícitas, ejemplos.
- Previsibilidad: agendas, horarios, avisos de cambios con antelación.
- Opciones sensoriales: luz suave, menos ruido, espacios de silencio, vestir cómodo.
- Flexibilidad real: periodos de recuperación, tareas en bloque, comunicación por escrito cuando sea mejor.
- Compatibilidad social: reuniones cortas, grupos pequeños, temas concretos.
Lectura de fondo
Ver el autismo desde la experiencia es reconocer otra gramática del mundo. Una sociedad diseñada para lo “promedio” interpreta como rareza lo que, en realidad, es variación humana. Ajustar ambientes, ritmos y expectativas no es un favor: es accesibilidad. Cuando el contexto deja de penalizar la diferencia y la vuelve una variable de diseño —claridad, previsión, opciones— el mapa autista no necesita justificar su ruta; simplemente puede vivir y aportar desde sus propios puntos cardinales.


