17 enero, 2026
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Las guerreras invisibles que sostuvieron y cambiaron la guerra premoderna

Imagen – La logística oculta

 

La historia militar suele contarse como una cadena de gestas masculinas: caballeros cruzando campos de batalla, samuráis jurando lealtad, jenízaros marchando en formación perfecta. Ese relato, muy extendido, da la impresión de que la guerra fue un territorio exclusivamente masculino, una institución sin fisuras donde solo los hombres tenían derecho, honor o legitimidad para portar armas. Sin embargo, un repaso más detallado revela una verdad mucho más compleja: la exclusión de las mujeres fue una norma social, no una frontera biológica. Y como toda norma, tuvo excepciones profundas, roles ocultos, figuras simbólicas y casos extraordinarios que desafiaron por completo las convenciones de su época.

Las mujeres participaron en el mundo bélico de formas muy distintas entre sí: desde la defensa del hogar en Japón feudal hasta la espina dorsal logística de los ejércitos europeos, pasando por cuerpos militares de élite como el de Dahomey. Algunas fueron símbolo, otras sostén, y unas cuantas combatientes formales. Todas, en conjunto, revelan un paisaje militar más diverso del que suele contarse.

Onna-Musha: la defensa del linaje en Japón

En el Japón feudal, la figura masculina del samurái domina la memoria cultural. Sin embargo, por detrás existió su contrapartida femenina: la Onna-Musha, perteneciente a la misma clase guerrera. Su misión no estaba en las campañas, sino en un terreno igualmente decisivo: la defensa del hogar cuando los hombres estaban lejos. Entrenadas desde la infancia, dominaban la naginata, un arma larga que equilibraba la diferencia de fuerza frente a un atacante armado con espada.

La Onna-Musha encarnaba un tipo de deber propio: proteger el patrimonio, el linaje y la casa. No se las celebraba por conquistas, sino por mantener vivo el corazón político y económico de la familia. Algunas, como Tomoe Gozen, cruzan el límite entre historia y mito, pero su existencia muestra que la guerra doméstica también era guerra. Su entrenamiento incluía, además, el jigai, una versión ritual del suicidio femenino concebido para evitar la captura.

Juana de Arco y las “doncellas guerreras”: el poder del símbolo

Mientras en Japón la mujer guerrera defendía el espacio privado, en Europa surgió un arquetipo distinto: la mujer que, sin necesidad de empuñar armas, transformaba el curso de la guerra a través de su simbolismo. Juana de Arco es el ejemplo más conocido: una adolescente sin formación militar que encabezó ejércitos no por fuerza física, sino por autoridad carismática.

Su función era política y psicológica. Portaba un estandarte, hablaba de visiones y daba a soldados agotados una razón para creer que la derrota no era inevitable. Aun sin combatir directamente, su presencia alteraba la moral y la dinámica del conflicto.

Este modelo convive con el mito nórdico de las Skjaldmö, las “doncellas escuderas”. Aunque existen excepciones arqueológicas de mujeres enterradas con armas, la evidencia no apunta a una institución formal. Sin embargo, el mito revela un imaginario donde la mujer podía encarnar fuerza, honor y ferocidad, incluso si la realidad social imponía límites más estrictos.

La logística femenina: la columna vertebral olvidada de los ejércitos

La participación más extendida de las mujeres en los sistemas bélicos premodernos no estuvo en el frente, sino en la infraestructura que sostenía campañas enteras. Las vivanderas o soldaderas eran esenciales: cocinaban, lavaban, remendaban ropas, vendían provisiones, atendían heridos y sostenían la moral de los soldados.

Sin ese trabajo invisible, ningún ejército podía marchar. Los estados premodernos carecían de instituciones capaces de suplir todas estas funciones. En asedios o momentos críticos, las fronteras del género se diluían. Las crónicas describen a mujeres de ciudades sitiadas arrojando rocas, operando armas improvisadas, apagando incendios o abasteciendo defensas. Su honor no era marcial, sino colectivo.

El tren de campaña femenino era tan crucial como cualquier escuadrón de caballería. La guerra premoderna era pan, agua, vendas, cuidados y supervivencia tanto como pólvora y acero.

Las “Amazonas” de Dahomey: la anomalía institucional

El caso más extraordinario en términos de organización militar femenina es el de las N’Nonmiton del Reino de Dahomey, conocidas como “Amazonas”. A diferencia de otros ejemplos, no eran un contingente simbólico ni excepcional: constituían una unidad formal, disciplinada y temida en combate.

Su origen pudo estar en cuerpos de guardia palaciega. Con el tiempo, se transformaron en infantería de choque especializada en combate cuerpo a cuerpo y manejo de armas de fuego. Crónicas del siglo XIX las describen como más agresivas, obedientes y resistentes que muchos soldados masculinos.

Su vínculo con el Estado era absoluto. Eran consideradas “esposas” del rey en un sentido ceremonial, lo que las alejaba de la vida civil y las colocaba en un rol militar exclusivo. Su existencia demuestra que, bajo ciertas condiciones políticas, la guerra premoderna sí incorporó cuerpos femeninos de élite plenamente institucionalizados.

Códigos y excepciones: una participación más amplia de lo que se asumía

A diferencia de los hombres, cuya participación militar era estructural, las mujeres entraban a la guerra por caminos irregulares: la defensa doméstica, la logística, el simbolismo religioso o político, el heroísmo excepcional o cuerpos militares estrechamente vinculados al poder. Pero su ausencia en el relato no es equivalente a ausencia real.

La frontera de género era firme en lo normativo, pero permeable en la práctica. Cuando la guerra presionaba a una sociedad, esa frontera se movía.

Lectura de fondo

La guerra más allá del campo de batalla masculino

La “guerrera oculta” obliga a revisar críticamente un supuesto arraigado: que la guerra fue una experiencia exclusivamente masculina. Lo que muestran estos casos es una historia fragmentada, sí, pero real. Las mujeres combatieron cuando fue necesario, sostuvieron los ejércitos desde la logística, simbolizaron causas políticas y, en contextos muy específicos, formaron unidades militares plenas.

Su invisibilidad proviene menos de su ausencia y más de cómo se escribieron las crónicas. La historia militar que heredamos se centró en el héroe masculino, el caballero, el general, el guerrero profesional. Pero debajo de ese relato hay una red densa de manos femeninas que alimentó, curó, defendió, inspiró y, a veces, también luchó.

Reconocer estas capas no implica invertir la narrativa, sino ampliarla. La guerra, como fenómeno social, fue demasiado vasta para pertenecer a un solo género.