Imagen – El cerebro en adaptación
Durante años se repitió la frase de que los videojuegos “atrofian el cerebro”. Después vino la ola contraria: promesas de que “jugar te hace más inteligente” y que cualquier app de entrenamiento mental podía transformar la memoria y la atención en pocas semanas. Ninguna de las dos versiones resiste bien la evidencia.
Hoy existe un volumen considerable de estudios que permite trazar un panorama más matizado: los videojuegos sí pueden mejorar algunas habilidades cognitivas específicas, pero los efectos suelen ser modestos, dependen del tipo de juego, del tiempo de uso y del contexto vital de cada persona. También se ha documentado que, en una minoría, el uso puede volverse problemático y afectar distintas áreas de la vida.
Lo que sigue no es una defensa ni una condena, sino un intento de responder con datos a una pregunta sencilla y compleja a la vez: ¿qué le hacen realmente los videojuegos a nuestras habilidades cognitivas?
De qué hablamos cuando hablamos de habilidades cognitivas
Cuando los estudios describen “mejoras cognitivas”, no se refieren a “volverse más listo” en abstracto, sino a cambios medibles en procesos como:
- Atención
- Percepción visual
- Memoria de trabajo
- Funciones ejecutivas
- Velocidad de procesamiento
La pregunta es si jugar modifica estos procesos, y en qué dirección.
Lo mejor documentado: atención y habilidades espaciales
La evidencia más consistente aparece al comparar jugadores habituales de videojuegos de acción con personas que casi no juegan. Quienes pasan tiempo en juegos veloces y con alta carga visual suelen rendir mejor en tareas que requieren:
- Atención selectiva (encontrar lo relevante entre distracciones)
- Atención dividida (seguir varios objetos en movimiento)
- Habilidades visuoespaciales (rotar objetos mentalmente, orientarse, entender mapas complejos)
En experimentos donde personas no jugadoras entrenan durante semanas, también se observan mejoras, aunque suelen limitarse a habilidades similares a las que exige el juego.
Decisiones rápidas y flexibilidad mental
Los videojuegos de estrategia, táctica, gestión y simulación requieren planear con varios elementos en mente, reajustar estrategias y tomar decisiones bajo presión. Entre sus efectos más estudiados destacan:
- Mayor flexibilidad cognitiva: cambiar reglas y enfoques sin atascarse
- Mejor capacidad para alternar tareas sin perder precisión
- Integración más rápida de señales visuales y decisiones en tiempo limitado
No es que el jugador se “vuelva más inteligente”, sino que entrena procesos que el juego exige una y otra vez.
¿Y el IQ, la memoria y el famoso “entrenamiento cerebral”?
El campo más exagerado en titulares es el del “brain training”. La evidencia sugiere que:
- Existen mejoras pequeñas o moderadas en memoria de trabajo, atención y velocidad
- La transferencia a habilidades no entrenadas directamente es limitada
- Los efectos son más visibles en adultos mayores, donde puede contribuir a mantener ciertas funciones
Pero ninguna app reemplaza otras actividades cruciales para el cerebro, como el ejercicio, el sueño o la interacción social.
Qué tan grandes son los efectos
En conjunto, el efecto promedio de los videojuegos sobre la cognición es moderado. No es una transformación radical, pero tampoco es trivial. Es un tipo de práctica intensiva que puede dar un empujón medible a ciertas habilidades, dependiendo del género del juego y la constancia del jugador.
Lo que ocurre en el cerebro: plasticidad en tiempo real
Estudios de neuroimagen muestran que quienes juegan frecuentemente presentan cambios en regiones asociadas a:
- Procesamiento visual y espacial
- Redes frontoparietales involucradas en la atención
- Sistemas de motivación y recompensa
Esto no implica “mejor” ni “peor”: son adaptaciones del cerebro a demandas repetidas, igual que sucede en músicos, deportistas o personas que practican un oficio especializado.
El lado problemático: cuando jugar deja de ser ocio
Una fracción minoritaria desarrolla un patrón de uso disfuncional que interfiere con vida escolar, laboral o social. El llamado “gaming disorder” describe:
- Pérdida de control sobre el tiempo de juego
- Prioridad del juego sobre otras áreas importantes
- Continuar jugando pese a consecuencias negativas
No depende solo de horas jugadas, sino de vulnerabilidades emocionales, estrés, aislamiento o dificultades preexistentes.
Niños y adolescentes: luces y sombras
En jóvenes, los videojuegos pueden entrenar habilidades visuoespaciales y de atención, pero también generar problemas si desplazan pilares básicos del desarrollo:
- Horas de sueño
- Actividad física
- Socialización cara a cara
- Rutinas de estudio estables
Los efectos positivos y negativos dependen tanto del juego como del contexto familiar, escolar y emocional.
No todos los videojuegos son iguales
Hablar de “los videojuegos” como un bloque es inexacto. Los efectos dependen del género y del diseño:
- Acción rápida: atención y percepción
- Estrategia: flexibilidad y planificación
- Puzzle: resolución de problemas
- Simulación: razonamiento complejo
- Exergames: combinación de actividad física y cognitiva
- Juegos narrativos: comprensión, anticipación y memoria contextual
Generalizar a partir de un solo tipo de juego distorsiona el panorama.
Lectura de fondo
Un laboratorio de atención, decisión y recompensa
Los videojuegos se han vuelto un laboratorio cotidiano de aprendizaje, coordinación y recompensa. Pueden fortalecer ciertas habilidades cognitivas, pero no modifican la inteligencia general. Pueden ofrecer espacios de entrenamiento útil, pero también convertirse en escapes que compiten con sueño, vínculos y bienestar.
El impacto real está en cómo se integran en la vida diaria: qué se juega, cuánto se juega y qué necesidad emocional cubre esa actividad. Entender esto sin alarmismos ni triunfalismos permite ver a los videojuegos por lo que realmente son: sistemas complejos capaces de entrenar habilidades específicas y, al mismo tiempo, de absorber tiempo y energía de maneras que requieren reflexión consciente.


