17 enero, 2026
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El día que el Sol incendió los telégrafos del mundo

Imagen – Tormenta Solar

 

En la madrugada del 2 de septiembre de 1859, el planeta vivió un espectáculo imposible de ignorar. Auroras rojas, verdes y violetas cubrieron el cielo desde Norteamérica hasta el Caribe; mineros en las Rocosas creyeron ver amanecer horas antes; en ciudades como La Habana, Roma o Honolulu se podía leer el periódico a la luz del cielo. A miles de kilómetros de esas luces fantasmales, operadores de telégrafo recibían descargas, los aparatos chisporroteaban y, en una escena casi mágica, algunos mensajes siguieron transmitiéndose aun con las baterías desconectadas: los cables “bebían” electricidad directamente de la tormenta solar.

Durante décadas, este episodio quedó registrado como una rareza magnífica. Hoy lo conocemos por el nombre de su principal testigo: el Evento Carrington, la tormenta geomagnética más intensa de la era moderna. Entender qué ocurrió entonces no es solo una lección de historia; es una ventana a nuestra propia vulnerabilidad tecnológica.

El destello en el observatorio

La mañana del 1 de septiembre de 1859, el astrónomo inglés Richard Christopher Carrington observaba el Sol cuando, sobre un enorme grupo de manchas solares, apareció de pronto una fulguración (un destello) de brillo inaudito. Casi al mismo tiempo, otro observador, Richard Hodgson, vio el mismo fenómeno. Horas después, la Tierra recibió el golpe: una eyección de masa coronal (CME) —una nube de plasma y campos magnéticos expulsada por el Sol— llegó de forma inusualmente rápida, en menos de un día, comprimió la magnetosfera y vertió energía en nuestras regiones polares.

Los magnetómetros de la época —como los del Observatorio de Kew— registraron perturbaciones tan violentas que las agujas salieron de escala. La tormenta geomagnética había comenzado.

Qué es, en realidad, una tormenta solar

El Sol no es una lámpara estable; es un astro con ciclos de actividad. En los máximos solares proliferan las manchas (regiones de intenso campo magnético) y son más probables los brotes y las eyecciones de masa coronal. Cuando una CME viene dirigida hacia nosotros y su campo magnético se orienta “al sur” respecto del de la Tierra, se acopla con mayor eficacia y descarga energía en la magnetosfera. El resultado:

  • Corrientes anulares en el espacio (la “ring current”) que alteran el campo global.
  • Auroras: partículas que descienden por líneas de campo hacia la atmósfera polar, excitando gases que emiten luz. Si la tormenta es extrema, el óvalo auroral se expande hacia latitudes bajas.
  • Corrientes inducidas en el suelo (GIC): variaciones rápidas del campo magnético generan, por inducción, corrientes en largas estructuras conductoras: líneas eléctricas, oleoductos, vías férreas, cables de comunicaciones.

En 1859, el mundo estaba conectado por el telégrafo. Adivina dónde descargaron las GIC.

Un planeta electrificado antes de la electricidad

La prensa de la época recogió anécdotas inolvidables: operadores que soltaron la llave porque “les quemaba”, papel que se ennegrecía por chispas, mensajes enviados con las baterías desconectadas durante minutos. Sin saberlo, fueron testigos de un principio físico que hoy preocupa a ingenieros de redes: cuanto más larga y extendida es una infraestructura, más corriente puede inducirse en ella durante una tormenta extrema.

Aquella vez no hubo transformadores de alta tensión que perder —no existían— ni satélites que corregir órbitas. Por eso el Evento Carrington fue, además de bello, benigno para su tiempo. La pregunta inevitable es: ¿qué pasaría si algo así ocurriera hoy?

Si Carrington ocurriera ahora

Nuestra dependencia de sistemas eléctricos y espaciales convierte a una tormenta extrema en un riesgo sistémico:

  • Redes eléctricas: las GIC saturan transformadores, los calientan y pueden dañarlos de forma irreversible. Sus reemplazos tienen tiempos de fabricación de meses.
  • Satélites: el aumento del plasma combate las órbitas (más “rozamiento” en la alta atmósfera), altera sensores y puede causar fallos electrónicos.
  • Navegación y tiempo: señales de GPS/GNSS se degradan, afectando aviación, logística y sincronización de redes financieras.
  • Comunicaciones: apagones de radio HF, perturbación de enlaces en latitudes altas y rutas polares.
  • Oleoductos y ferrocarriles: corrosión acelerada y falsos disparos de señalización por corrientes inducidas.

Ya hemos vivido advertencias menores: el apagón de Quebec en 1989 por una tormenta geomagnética fuerte, las “tormentas de Halloween” de 2003, o pérdidas de satélites de órbita baja por arrastre atmosférico súbito. No hicieron historia como 1859, pero enseñaron dónde crujen nuestras costuras.

Cómo se mira el Sol para ganar horas

No todas las fulguraciones causan problemas, ni todas las CME nos apuntan. Por eso existen dos líneas de defensa:

  1. Observación del Sol: telescopios y coronógrafos que detectan brotes y expulsiones (observatorios solares en órbita y tierra).
  2. Boyas espaciales río arriba: sondas situadas alrededor del punto L1 (a 1.5 millones de km), como auténticas estaciones meteorológicas del espacio. Cuando la nube de plasma pasa por allí, pueden medir su campo magnético y densidad, dando entre 15 y 60 minutos preciosos para que los operadores tomen acciones.

Con prealertas de horas (por la detección de la CME al salir del Sol) y datos de último minuto (en L1), se activan protocolos: redistribuir cargas, desconectar líneas críticas, cambiar modos operativos de satélites, posponer maniobras o vuelos polares. La meteorología espacial existe, y salva equipos muy caros.

El mapa global de los guerreros modernos: ingenieros y pronosticadores

Hoy la primera línea no la ocupan soldados, sino centros de predicción y operadores de red. La coordinación entre agencias de meteorología espacial, compañías eléctricas, aerolíneas y dueños de satélites crea una red de decisiones rápidas. Se usan:

  • Modelos de corriente inducida para saber qué subestaciones son más vulnerables.
  • Resistencias de puesta a tierra y condensadores en serie que bloquean parte de las GIC.
  • Transformadores “duros” a saturación y procedimientos para reducir carga.
  • Planes de respuesta escalonados según la intensidad prevista (de “G1” a “G5” en la escala de tormentas geomagnéticas).

No elimina el riesgo de un “gran evento”, pero convierte una catástrofe segura en un problema manejable.

¿Fue Carrington lo peor posible?

1859 es nuestro ejemplo icónico, pero los registros naturales sugieren que la historia solar puede ser aún más brava. Los llamados eventos de Miyake (picos de radiocarbono en anillos de árboles de los años 774/775 y 993/994) podrían corresponder a tormentas solares/protones particularmente intensas. No está claro si fueron geomagnéticamente peores que 1859, pero nos recuerdan una verdad simple: el Sol es capaz de sorpresas que exceden nuestra corta memoria tecnológica.

Lo fascinante y lo frágil

El Evento Carrington nos dejó imágenes inolvidables, pero, sobre todo, una paradoja: la misma estrella que sustenta la vida puede, de vez en cuando, ponernos de rodillas. La belleza de las auroras tiene una cara técnica: los sistemas que hacen posible la vida moderna —electricidad, navegación, comunicaciones— descansan sobre un planeta dentro de un campo magnético que, la mayor parte del tiempo, nos protege… y que, a veces, vibra con una fuerza que se siente en los bolsillos y en los cielos.

Lectura de fondo

El “cisne negro” que no es negro: convivir con el Sol

Una tormenta como Carrington no es un mito ni un apocalipsis inevitable; es un riesgo recurrente de baja frecuencia y alto impacto. No necesita dramatismos: necesita preparación. Fortalecer redes, diversificar fuentes, diseñar satélites con márgenes generosos, educar a operadores y comunicar sin alarmismo son inversiones discretas con beneficios gigantescos. El Sol no conspira contra nosotros: hace lo que siempre ha hecho. Nos toca aprender a escucharlo y a convivir con sus ciclos.

Lo extraordinario de 1859 nos obliga a mirar arriba con asombro… y a mirar abajo con responsabilidad.